Autor: Luis Alejandro Velásquez Hurtado
Fecha: 2026-03-17
Este artículo explora la manera como la ciberseguridad ha evolucionado hacia un enfoque cognitivo y, a su vez, pretende demostrar el principal objetivo de las operaciones avanzadas que no solo se puede observar en su infraestructura digital, sino también en: la percepción social, en la confianza institucional y en la toma de decisiones colectivas.
Basado en las siguientes líneas de análisis: las guerras de quinta generación (5GW), el control del ambiente de la información en algunas democracias y el uso de redes sociales como arma silenciosa contra la mente, se propone un modelo de Ciberseguridad Cognitiva aplicable a escenarios geopolíticos altamente competitivos. El método empleado aquí, consiste en: un análisis cualitativo-documental mediante triangulación conceptual, las redes sociales como mecanismos de influencia que se usa para el lavado narrativo, la generación artificial de tendencias, la saturación y la distracción estratégica.
Los resultados que se exponen en el presente artículo evidencian que las plataformas digitales, gracias a su arquitectura algorítmica y capacidad de microsegmentación, facilitan campañas masivas de manipulación a bajo costo. Por tanto, se argumenta que la ciberseguridad nacional debe trascender lo técnico y desarrollar competencias de ciberinteligencia narrativa, alfabetización mediática, coordinación interinstitucional y resiliencia democrática. Finalmente, el artículo aporta directrices para políticas públicas y recomendaciones operativas orientadas a la defensa y seguridad.
Palabras clave: guerra cognitiva, ciberseguridad cognitiva, desinformación, redes sociales, 5GW, democracia, ambiente de la información.
This article explores how cybersecurity has evolved toward a cognitive approach, in which the primary target of advanced operations is not only digital infrastructure, but also social perception, institutional trust, and collective decision-making. Based on three lines of analysis—fifth-generation warfare (5GW), control of the information environment in democracies, and the use of social media as a silent weapon against the mind—a model of cognitive cybersecurity applicable to highly competitive geopolitical scenarios is proposed.
The method employed consists of a qualitative-documentary analysis using conceptual triangulation and the study of influence mechanisms such as narrative laundering, the artificial generation of trends, saturation, and strategic distraction. The results show that digital platforms, thanks to their algorithmic architecture and microsegmentation capabilities, facilitate massive manipulation campaigns at low cost. Therefore, it is argued that national cybersecurity must transcend the technical realm and develop competencies in narrative cyberintelligence, media literacy, inter-institutional coordination, and democratic resilience. Finally, the article provides guidelines for public policies and operational recommendations focused on defense and security.
Keywords: cognitive warfare, cognitive cybersecurity, disinformation, social media, fifthgeneration warfare, democracy, information environment.
En los últimos años, la seguridad digital se ha centrado principalmente en aspectos técnicos, como: proteger activos, redes y datos. Sin embargo, los conflictos modernos han ampliado ese enfoque, por lo que ahora, algunos estados, organizaciones e instituciones buscan influir y atacar las percepciones de los individuos, modificando creencias, ideologías y afectando la manera como se toman decisiones. Por eso, cuando se dice que “el ciberataque es dirigido a la mente”, se está hablando de una nueva forma de operar en los conflictos actuales.
La guerra de quinta generación (5GW) representa un cambio doctrinal, enfocado especialmente en el control del ambiente informativo, convirtiéndolo en un recurso fundamental. Mientras que en conflictos previos la superioridad militar dependía de factores como la masa, la maniobra o el desgaste (Clausewitz, 2005), en la 5GW la ventaja radica en el dominio de lo cognitivo, ya que esto influye principalmente en la toma de decisiones estratégicas. Para lograrlo, se ejecutan operaciones de influencia que aprovecha los medios digitales, los sesgos psicológicos y las divisiones sociopolíticas con el objetivo de debilitar tanto la cohesión social como la legitimidad de las instituciones y la gobernabilidad.
El análisis estratégico de la guerra cognitiva y su impacto en los procesos mentales ha evidenciado la manera como este fenómeno puede erosionar y deslegitimar percepciones e instituciones. A nivel operativo, las operaciones cognitivas aprovechan la arquitectura algorítmica de las redes sociales para influir y afectar la integridad y la confianza colectiva en la información que personas, organizaciones y estados consumen diariamente. Por lo tanto, una estrategia de defensa eficaz requiere la integración de capacidades de ciberinteligencia, análisis geopolítico, comunicación estratégica, alfabetización social, y controles técnicos tradicionales.
Por tal razón debemos preguntarnos ¿de qué manera pueden las democracias estructurar un modelo de ciberseguridad cognitiva que combine mecanismos de defensa técnica, inteligencia informacional y estrategias de resiliencia social ante operaciones de influencia hostil?
El paradigma clásico de ciberseguridad técnica sigue siendo necesario, pero ya no lo suficiente. El avance de tecnologías como la inteligencia artificial ha generado nuevas necesidades en la protección de la información, ante los factores persuasivos que influyen en las redes sociales. Por el cual, esto conlleva a un nuevo paradigma que es la ciberseguridad cognitiva.
Si bien es cierto que la ciberseguridad técnica mantiene el foco en el sistema operativo, actualmente no es suficiente para proteger el avance tecnológico de la IA. “Las innovaciones constantes de grupos criminales y organizaciones estatales y no estatales para acceder a datos siguen resaltando la urgencia de establecer sistemas y controles eficaces que hagan frente a los ataques dirigidos contra las infraestructuras de datos” (ENISA, 2024).
Hay operaciones cuyo objetivo no es extraer los datos ni interrumpir servicios, sino modificar la manera como la sociedad percibe acontecimientos estratégicos. Para lograrlo, se emplean ataques convencionales en el ciberespacio; la información obtenida se utiliza para crear narrativas o discursos que pueden ser falsos o solo parcialmente ciertos, con la intención de influir en las creencias, ideologías y conciencia colectiva (Gartzke, 2017). Además, cabe destacar que vivimos en una era donde la posverdad se amplifica por medio de las redes sociales y los grandes medios de comunicación (Buchok, 2021).
Por esta razón, hemos observado una transición de ataques puramente técnicos destinados a sabotear y destruir infraestructuras hacia incidentes cada vez más orientados al robo masivo de datos (Bergmanis-Korāts, G. 2025). Así, resulta fundamental definir e implementar estrategias que protejan la información, partiendo del ámbito técnico hasta llegar a la construcción de una ciberseguridad cognitiva.
En los conflictos contemporáneos, el componente cognitivo ha adquirido una relevancia significativa, consecuencia de la evolución de hechos y eventos durante la era de la tecnología, especialmente, en las redes sociales. A diferencia de los conflictos anteriores, donde el acceso a la información y el avance del conflicto era limitado, actualmente es posible realizar un seguimiento casi inmediato de las acciones, estrategias y planes implementados por los actores involucrados (Hoffman, 2007). Esta dinámica posibilita que distintos sectores de la sociedad se identifiquen con determinadas causas, que movimientos sociales surjan en diversas regiones apoyando o rechazando posiciones y que se generen tensiones sociales derivadas en las diferencias ideológicas. En consecuencia, la polarización social ha aumentado debido a la influencia mediática asociada al contexto bélico (Nye, 2024).
Por esta razón, el centro de gravedad se traslada del ámbito físico al espacio cognitivo-social. En este entorno, las operaciones integran ambigüedad en la narrativa, aprovechando los sesgos colectivos. El uso del discurso de odio para intensificar divisiones resulta fundamental para influir en la toma de decisiones y la legitimidad institucional (Giordano, 2020). Obligar a un Estado o a sus autoridades a posicionarse frente a un conflicto armado, así como incidir en las acciones estratégicas que se adopten, constituye el propósito central de la guerra cognitiva, donde el principal objetivo es afectar la percepción y la mente de los individuos.
En este contexto, resulta fundamental analizar el terreno donde ocurren los ataques y se desarrollan las operaciones. El ambiente de la información constituye ese espacio en el que confluyen lo digital, lo cognitivo y lo físico. Por lo tanto, obtener el control es crucial para emprender una gobernanza estratégica a través de acciones como:
Estas iniciativas resultan indispensables para que sean impulsadas, innovadas y aplicadas dentro de cualquier estrategia de defensa. (Gartzke, 2017).
El control absoluto del entorno de la información no es viable, dado que involucra la interacción de dominios como el ciberespacio y la información, así como su estrecha relación con individuos y tecnologías. Actualmente, estos ámbitos presentan una escala significativa tanto en extensión como en volumen de datos. Por ello, resulta imprescindible estudiar y comprender en profundidad conceptos como Big Data y minería de datos para aplicarlos adecuadamente en el desarrollo de estrategias robustas, integrales y eficaces (Gao, 2019).
El ejercicio de control resulta considerablemente más complejo en sistemas democráticos que en regímenes autoritarios, donde la restricción de libertades, derechos y acceso a la información facilita dicho control. Las democracias, por su parte, están obligadas a preservar principios fundamentales como la libertad de expresión y el libre acceso a la información, evitando la censura (Oakley, 2011). No obstante, es factible alcanzar un nivel adecuado de control para proteger a la sociedad y al Estado frente a ataques y operaciones cognitivas mediante la implementación de medidas y directrices que mejoren el acceso a la información veraz, clara e íntegra, así como el establecimiento de mecanismos para regular las campañas de manipulación y combatir las noticias falsas. Así mismo, es imprescindible fomentar la innovación en ciberseguridad y defensa para identificar y enfrentar operaciones tanto cibernéticas como cognitivas.
Las plataformas tecnológicas de información, como las redes sociales, potencian las operaciones cognitivas gracias a su capacidad de microsegmentación, la amplificación mediante algoritmos y la rápida propagación a nivel internacional. Estos medios masivos pueden ser armas destinadas a impactar tanto a la sociedad como a la mente colectiva (Marjanović, 2025). Cuando se usan en conflictos, tienen como objetivo influir en los principales poderes del estado: político, económico, militar y cultural, ya que afectan a democracias vulnerables en el control del ambiente de la información (Sartori, 2015). La generación de guerras culturales, tal como Gramsci analizó, implica enfrentar a distintos grupos sociales, atacar reformas económicas, incidir en acciones militares y, finalmente, poner en cuestión la legitimidad del estado (Gramsci, 1981).
Por otro lado, las operaciones de influencia y de carácter cognitivo han evolucionado, desde dinámicas relativamente espontáneas y descentralizadas, como las observadas durante la Primavera Árabe, donde el uso de redes sociales permitió la difusión masiva de mensajes sin una planificación estratégica sofisticada, hasta acciones altamente estructuradas que integran inteligencia artificial, segmentación algorítmica y técnicas de deepfake (Bergmanis-Korāts, G. 2025). Esto demuestra que este tipo de guerra aprovecha las redes sociales y progresa rápidamente de manera constante. Además, por su alcance masivo, las operaciones actúan como herramientas capaces de penetrar la conciencia, las emociones y la mente, ejerciendo una influencia estratégica sobre las personas y su interacción con ámbitos políticos, económicos, militares y culturales. (Sartori, 2015)
Se evidencian a continuación cuatro mecanismos principales:
Estos mecanismos afectan a toda la sociedad, aunque su propósito es modificar el equilibrio de la información y el conocimiento básico necesario para una deliberación democrática. Como resultado, la estrategia es utilizar el ciberespacio para recopilar toda la información posible, adecuarla para redirigir ataques cibernéticos en búsqueda de reducir la confianza y legitimidad en instituciones, medios de comunicación, procesos electorales y autoridades técnicas, además de debilitar creencias compartidas y fomentar enfrentamientos culturales que pueden llevar al caos y la anarquía, ya sea de manera parcial o completa.
A partir del análisis realizado, se identifica que el principal hallazgo en materia de políticas públicas radica en la importancia de fortalecer la resiliencia cognitiva, considerando que esta responsabilidad no debe recaer exclusivamente en el Estado ni en el sector privado (NATO, 2025). Es indispensable diseñar una estrategia integral que contemple la implementación de una gobernanza multinivel, permitiendo: en primer lugar, establecer una regulación adecuada; en segundo lugar, garantizar la supervisión técnica; en tercer lugar, promover la transparencia de los algoritmos y de todos los aspectos técnicos vinculados a las redes sociales y la difusión de información; y finalmente, fomentar una sociedad digital mediante la continua educación ciudadana, en resumen una estrategia de ciberseguridad cognitiva que involucre a todos los niveles y poderes del estado.